ojos sanguinolentos y la boca con-
vulsiva.
--No, sino con un hombre honrado.
--¡Loco!
--Con un hombre que os impedirá que consuméis vuestro crimen.
--¡Loco!
--Con un hombre que prefiere mataros y morir a que consuméis su deshonor.
Y Fouquet se abalanzó a su espada puesta por D'Artagnan a la cabecera
de la cama, y la blandió con re-
solución.
Aramis arrugó el ceño, y se metió la diestra en la pechera
como buscando un arma. Aquel ademán no pa-
só inadvertido a Fouquet, que noble y soberbio en su magnanimidad, arrojó
lejos de sí su espada, que fue a
parar al pasillo de la cama, y se acercó a Herblay hasta tocarle el hombro
con su desarmada mano.
--Caballero, --dijo el superintendente, --me sería grato morirme en este
instante para no sobrevivir a mi
oprobio; si todavía sentís por mí alguna amistad, por favor,
quitadme la vida. Aramis permaneció silencioso
e inmóvil.
--¿No me respondéis?
Herblay levantó pausadamente la cabeza, y por sus pupilas cruzó
un nuevo rayo de esperanza.
--Reflexionad en lo que nos espera, monseñor, --dijo el prelado. --Queda
satisfecha la justicia, el rey
vive aún, y su prisión os salva la vida.
--Podéis haber obrado en mi provecho --repuso Fouquet, -- pero no acepto
vuestro servicio. Sin em-
bargo, no quiero causar vuestra perdición. Salid inmediatamente de esta
casa.
Aramis apagó el rayo que emanaba de su quebrantado corazón.
--Soy hospitalario para todos, --continuó Fouquet con inefable majestad;
--tan seguro estáis vos de no
veros sacrificado, como aquel de quien habíais consumado la perdición.
--Lo seréis vos, --replicó Herblay con voz sorda y profética;
--lo seréis vos, lo seréis vos.
--Acepto el augurio, señor de Herblay; pero nada me detendrá.
Vais a salir de Vaux, de Francia; os con-
cedo cuatro horas para que os pongáis a cubierto de la persecución
del rey.
--¿Cuatro horas? --dijo Aramis con voz de zumba y de incredulidad.
--Sí; dentro del plazo que os fijo nadie os perseguirá. Luego
llevaréis cuatro horas de delantera a cuantos
el rey envíe a vuestro alcance.
--¡Cuatro horas! --repitió Aramis sonrojándose.
--Son más que las que se necesitan para embarcaros y llegar a Belle-Isle,
que os doy por refugio.
--¡Ah! --murmuró el prelado.
--Belle-Isle es mía para vos, como Vaux es mío para el rey. Marchaos,
Herblay, y tened por seguro que
mientras yo aliente, no tocarán en uno de vuestros cabellos.
--Gracias, --dijo Aramis con terrible ironía.
--Marchaos, pues, y dadme la mano para que ambos corramos, vos, a la salvación
de vuestra vida, yo, a
la salvación del rey. Aramis sacó de su seno la mano que en él
escondió. Estaba teñida en su sangre, arran-
cada de su pecho con sus uñas, como para castigar a la carne por haber
dado vida a tantos proyectos, más
vanos, más insensatos, más perecederos que la vida del hombre.
Fouquet sintió horror y compasión, y tendió los brazos
a Herblay.
--No traía armas, --dijo éste, huraño y terrible como el
espectro de Dido.
Y sin tocar la mano de Fouquet, desvió la mirada y retrocedió
dos pasos.
Las últimas palabras del prelado fueron una imprecación; su último
ademán un anatema escrito por su
enrojecida mano, con la que salpicó con algunas gotas de sangre el rostro
del superintendente.
Después, ambos se abalanzaron fuera del aposento por la escalera secreta
que conducía a los patios inte-
riores.
Fouquet ordenó que engancharan sus mejores caballos; Aramis se detuvo
al pie de la escalera que condu-
cía al cuarto de Porthos.
Mientras la carroza de Fouquet salía del patio principal a galope tendido,
Herblay decía entre sí:
--¿Partiré solo? ¿avisaré al príncipe?...
¡Oh rabia!... Si aviso al príncipe, ¿qué hago?...
Partir con él ...
arrastrar conmigo y a todas partes ese testimonio acusador... La guerra... la
guerra civil, implacable... Sin
recursos ¡ay!... ¡Imposible!... ¿Qué va a hacer sin
mí?... ¡Ah! sin mí va a derrumbarse como yo... ¿Quién
sabe?... ¡Cúmplase su destino!... ¿No estaba condenado?
pues continúe siéndolo... ¡Dios!... ¡Demonio!...
sombrío y mofador poder a que llaman ingenio del hombre, no eres más
que un soplo incierto, más inútil
que el viento en la montaña, te nombras acaso, y no eres nada, lo abrasas
todo con tu aliento, levantas las
peñas, y aún la montaña, y de improviso te desmenuzas ante
la cruz de madera tras la cual vive otro poder
invisible... que tal vez tú negabas, y que se venga de ti, y te reduce
a polvo sin designarse siquiera decirte
